miércoles, 26 de septiembre de 2012

El Cuervo de la Tempestad


Desde el horizonte, se pueden observar negras nubes que se alistan para desatar una gran tormenta en la inmensidad del océano. Cada vez se acercan más, auxiliadas por los vientos del norte. Todo tipo de vida animal ha optado por refugiarse. No se puede ver nada más que el mar hasta el horizonte, no hay isla cercana ni tampoco continente. Se puede escuchar solo el ruido de las olas mezcladas con el viento y el crujir de la vieja embarcación.

El cielo se oscurece casi por completo, el horizonte se funde con las negras nubes que están a punto de azotar con su torrencial lluvia. Con el catalejo solo se puede ver una cosa, que maravillaría y aterrorizaría a cualquier persona. Justo por encima de las tempestuosas nubes, apareció un cuervo de grandes proporciones, que parecía estar a la vanguardia de aquel ataque del cielo contra el mar. Solo un momento antes de que la tempestad alcanzara el barco, todo sonido cesó para que el fuerte chillido del cuervo que anunciaba la destrucción se oyera hasta en el último rincón del océano. Todo indicaba que el barco de madera y todos sus ocupantes sucumbirían ante la lucha del cielo y el mar. En el momento en que la nave estaba a punto de encontrar su tumba subacuática, el cuervo se posó en el mástil mayor, pronunciando un grave y lúgubre sonido. Este era el fin de aquellos inesperados espectadores.

El mar ya había hundido la embarcación, quedaban solo algunos cuerpos y tablones flotando en el exagerado y furioso baile del mar. El cuervo se mantenía en el cielo expectante, bajó a donde se encontraban los restos flotantes y en un último acto de crueldad, quiso alimentarse de los cuerpos que no había logrado hundirse con el barco. Ese fue su último error. De las profundidades, el enviado de los mares apareció para librar la última batalla con el general de las fuerzas del cielo. Un gigantesco calamar de color sangre extendió sus tentáculos en busca del cuervo. Se trabaron en una lucha que duró varias horas. El cuervo lograba arrancar trozos de las extremidades del animal marino, a lo que el respondía con latigazos y estrangulaciones. El cuervo estaba perdido, estaba totalmente cubierto por los tentáculos del calamar rojo sangre y en el último momento de la pelea, el general de los mares, todavía aferrando a su contrincante, se sumergió para no volver a ser visto.

Poco a poco la batalla entre el cielo y el océano empezó a cesar, la oscuridad desaparecía y los fuertes vientos eran reemplazados por frescas brisas marinas. De la batalla, solo quedo una gran pluma negra flotando en el mar. Así fue como en esta oportunidad, el mar venció al cielo y el cuervo de la tempestad encontró sepulcro en el lugar más despreciado por él.

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