miércoles, 26 de septiembre de 2012

Mictofobia


En la niñez, a todos nos ha tocado ver algo que no nos gusta en el impenetrable lienzo negro de la oscuridad absoluta. Las imágenes más terroríficas se proyectan como perfectos hologramas frente a nosotros entregándonos  al más profundo miedo. Cuando entramos a un cuarto oscuro, sin muebles ni ventanas. Un silencio sepulcral es la tonada perfecta para llamar a los espectros que residen en lo profundo de nuestra mente, pero al llegar a la madurez, los espectros desaparecen y queda solo la infinita oscuridad. El miedo se transforma de lo infantil a lo más incomprensible y peligroso, el vacío infinito. Se eriza la piel en su presencia, un manto incorpóreo envuelve tu cuerpo borrando cualquier intento de tus ojos por ver algo de color o forma. Los oídos también son cubiertos por la absorbente negrura que extermina cualquier vestigio de ruido, incluyendo el latir de tu propio corazón. Todo termina cuando el manto oscuro presiona contra carne y huesos, lentamente en la máxima agonía, hasta perder la última gota de aliento, haciéndote parte de sí mismo en una masa etérea e infinita.

Aracnofobia


Todos nos vamos a dormir pensando que nada va a pasar hasta que nos despertamos en la mañana, pero a veces la noche se vuelve contra nosotros y conspira con nuestros más profundos miedos. La luz de la luna llena un recuadro de luz encima de la cama, no hay luces prendidas y solo se escucha el tic tac del reloj. El silencio de la noche solo se ve interrumpido por el leve silbido de la brisa de otoño contra las hojas de los árboles. Mientras divago entre lo ocurrido en el día y las tareas del día siguiente, me quedo dormido en tranquilidad absoluta. Los sueños se funden con la realidad, me veo acostado en mi cama pero la angustia se apodera de mi cuerpo mientras todo se vuelve blanco y negro. Siento una mirada fija sobre mí desde el rincón más oscuro de la habitación. La angustia se trasforma en parálisis total mientras la sombra empieza a tomar forma. Ojos rojo tornasol delineados por un insondable negro aparecen junto con oscuras patas peludas. Una araña gigante se acerca con un paso casi imperceptible, su mirada sigue fija en mí. Lentamente y casi en una sonrisa burlona, sus dientes se ven iluminados cuando pasa frente a la ventana. La boca de la araña saboreando su próxima presa babea un líquido oscuro con que el ambiente se llena de un nauseabundo olor húmedo y acre. Siento la prisión ejercida por sus patas alrededor de la cama y su cabeza yendo hacia mí en el último momento antes de cerrar los ojos con terror. Los colmillos se clavan en el cuello y lentamente pierdo el conocimiento, cuando aún queda una pequeña chispa de lucidez siento la tela alrededor de mi cuerpo apresándome por última vez.

El Cuervo de la Tempestad


Desde el horizonte, se pueden observar negras nubes que se alistan para desatar una gran tormenta en la inmensidad del océano. Cada vez se acercan más, auxiliadas por los vientos del norte. Todo tipo de vida animal ha optado por refugiarse. No se puede ver nada más que el mar hasta el horizonte, no hay isla cercana ni tampoco continente. Se puede escuchar solo el ruido de las olas mezcladas con el viento y el crujir de la vieja embarcación.

El cielo se oscurece casi por completo, el horizonte se funde con las negras nubes que están a punto de azotar con su torrencial lluvia. Con el catalejo solo se puede ver una cosa, que maravillaría y aterrorizaría a cualquier persona. Justo por encima de las tempestuosas nubes, apareció un cuervo de grandes proporciones, que parecía estar a la vanguardia de aquel ataque del cielo contra el mar. Solo un momento antes de que la tempestad alcanzara el barco, todo sonido cesó para que el fuerte chillido del cuervo que anunciaba la destrucción se oyera hasta en el último rincón del océano. Todo indicaba que el barco de madera y todos sus ocupantes sucumbirían ante la lucha del cielo y el mar. En el momento en que la nave estaba a punto de encontrar su tumba subacuática, el cuervo se posó en el mástil mayor, pronunciando un grave y lúgubre sonido. Este era el fin de aquellos inesperados espectadores.

El mar ya había hundido la embarcación, quedaban solo algunos cuerpos y tablones flotando en el exagerado y furioso baile del mar. El cuervo se mantenía en el cielo expectante, bajó a donde se encontraban los restos flotantes y en un último acto de crueldad, quiso alimentarse de los cuerpos que no había logrado hundirse con el barco. Ese fue su último error. De las profundidades, el enviado de los mares apareció para librar la última batalla con el general de las fuerzas del cielo. Un gigantesco calamar de color sangre extendió sus tentáculos en busca del cuervo. Se trabaron en una lucha que duró varias horas. El cuervo lograba arrancar trozos de las extremidades del animal marino, a lo que el respondía con latigazos y estrangulaciones. El cuervo estaba perdido, estaba totalmente cubierto por los tentáculos del calamar rojo sangre y en el último momento de la pelea, el general de los mares, todavía aferrando a su contrincante, se sumergió para no volver a ser visto.

Poco a poco la batalla entre el cielo y el océano empezó a cesar, la oscuridad desaparecía y los fuertes vientos eran reemplazados por frescas brisas marinas. De la batalla, solo quedo una gran pluma negra flotando en el mar. Así fue como en esta oportunidad, el mar venció al cielo y el cuervo de la tempestad encontró sepulcro en el lugar más despreciado por él.