En la niñez, a todos nos ha
tocado ver algo que no nos gusta en el impenetrable lienzo negro de la
oscuridad absoluta. Las imágenes más terroríficas se proyectan como perfectos
hologramas frente a nosotros entregándonos
al más profundo miedo. Cuando entramos a un cuarto oscuro, sin muebles
ni ventanas. Un silencio sepulcral es la tonada perfecta para llamar a los
espectros que residen en lo profundo de nuestra mente, pero al llegar a la
madurez, los espectros desaparecen y queda solo la infinita oscuridad. El miedo
se transforma de lo infantil a lo más incomprensible y peligroso, el vacío
infinito. Se eriza la piel en su presencia, un manto incorpóreo envuelve tu
cuerpo borrando cualquier intento de tus ojos por ver algo de color o forma.
Los oídos también son cubiertos por la absorbente negrura que extermina
cualquier vestigio de ruido, incluyendo el latir de tu propio corazón. Todo
termina cuando el manto oscuro presiona contra carne y huesos, lentamente en la
máxima agonía, hasta perder la última gota de aliento, haciéndote parte de sí
mismo en una masa etérea e infinita.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
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