miércoles, 26 de septiembre de 2012

Mictofobia


En la niñez, a todos nos ha tocado ver algo que no nos gusta en el impenetrable lienzo negro de la oscuridad absoluta. Las imágenes más terroríficas se proyectan como perfectos hologramas frente a nosotros entregándonos  al más profundo miedo. Cuando entramos a un cuarto oscuro, sin muebles ni ventanas. Un silencio sepulcral es la tonada perfecta para llamar a los espectros que residen en lo profundo de nuestra mente, pero al llegar a la madurez, los espectros desaparecen y queda solo la infinita oscuridad. El miedo se transforma de lo infantil a lo más incomprensible y peligroso, el vacío infinito. Se eriza la piel en su presencia, un manto incorpóreo envuelve tu cuerpo borrando cualquier intento de tus ojos por ver algo de color o forma. Los oídos también son cubiertos por la absorbente negrura que extermina cualquier vestigio de ruido, incluyendo el latir de tu propio corazón. Todo termina cuando el manto oscuro presiona contra carne y huesos, lentamente en la máxima agonía, hasta perder la última gota de aliento, haciéndote parte de sí mismo en una masa etérea e infinita.